El sol entra por la ventana, se
apoya en tu cara y hace que resplandezca con una belleza que sorprende, incluso
en este punto de nuestras vidas en el que podría atreverme a decir que he
aprendido a mirarte y no quedarme sin respiración.
Tus ojos chocolate me miran y
sonríen, acompasados con tus labios. Tu boca pequeña se agranda cuando eres
feliz, y me encanta. Yo sonrío también; sin motivo aparente tus mejillas se
sonrojan. Voy a decir algo, pero las palabras no me salen, las sílabas se
acumulan en la punta de mi lengua, pronunciar algo inteligible parece
imposible. Tu sonrisa se amplía, el rojo se intensifica y bajas la mirada.
Vigilo cada movimiento de tu
cuerpo con detalle, tratando de interpretar la más mínima contracción de tu
mano, el menor de los gestos articulados en tu cara; buscando el significado
que tan simplemente soy capaz de dar cuando se trata de cualquier otra persona.
Pero no de ti.
Tu cara se levanta, colocas tu
pelo tras la oreja y te acercas. Separados por apenas un par de centímetros, me
doy cuenta. He mentido. Mi corazón nunca latirá a su ritmo regular cerca de ti.