La vida es absurda. Absurda y caprichosa.
Eres feliz. Tienes una vida normal. Tal vez estés enamorada, o trabajando en lo que te gusta, o simplemente siendo feliz. De repente un día despiertas con una molestia, o con un bultito. Y así, de la nada, tienes cáncer. No fumas, ni bebes, ni has hecho nada para provocarlo, y sin embargo ahí está.
Otro caso. Te hallas en la época de Hitler. Eres una judía que se encuentra en un campo de concentración. Los americanos están venciendo a los alemanes. Falleces por una estúpida enfermedad que cogiste un par de semanas antes. Al día siguiente, los americanos abren las puertas del campo de concentración en el que llevabas tiempo "viviendo".
¿Te merecías el cáncer? ¿O te merecías morir después de haber sufrido tanto justo antes de tu liberación?
No.
C'est la vie, dirían los franceses. Al mundo se le ha antojado algo. Tú simplemente pagas las consecuencias.
20.11.11
13.11.11
Falsaria
He estado pensando, y me he dado cuenta de que el primer recuerdo de mi vida es el blanco.
Nací en una cama blanca, de sábanas limpias y cálidas, en una habitación blanca, un día soleado de luz blanca. Desde la ventana de la que fuera años más tarde mi habitación, cortinas blancas y livianas, se podía observar una pequeña cala de arena blanca y aguas cristalinas.
Nuestra casa era pequeña y silenciosa. Siempre me ha gustado el silencio. Silencio tranquilo, silencio reposado, silencio paciente. Silencio que espera el momento en el que se rompa, sabedor de que ese mismo momento tan anhelado será aquel en el que muera. Silencio que siempre me ha acompañado. Nunca he tenido un amigo tan fiel.
Silencio y yo nos conocimos el segundo en el que cumplí siete minutos de vida, cuando mi madre exhaló su último aliento. Sé que lo hizo en la cama de sábanas blancas de la habitación de paredes blancas con cortinas blancas y vistas a una playa de arena blanca que más tarde me pertenecería. También sé que con su aliento se llevó la felicidad de mi padre de manera indefinida, aunque estoy bastante convencida de que no lo hizo queriendo. Y trajo a Silencio. Y la lavanda.
Ese es el segundo recuerdo de mi vida: Lavanda. La muerte de mi madre sumió a mi padre en un estado de pena y pesadumbre del que jamás salió. Se refugió en sus flores, aquellas que habían compartido su corazón con mi madre desde el instante en el que se conocieran y que había cultivado en el pequeño jardín de nuestra casa de paredes blancas. El día de la muerte de mi madre, él plantó su primera lavanda.
Alguna fuerza misteriosa de origen desconocido hizo que aquella lavanda se reprodujera a un ritmo desaforado. Ocho mil setecientas sesenta horas después, en el primer aniversario de mi nacimiento, nuestra casa no se conocía como el Jardín de las Lavandas sin motivo. El nombre fue puesto por un par de vecinas que no tenían nada mejor que hacer que meterse en nuestra vida y tratar de robarnos a Silencio. Las ironías de la vida hicieron que Lavanda fuera la única persona capaz de robarlo en algún momento.
Lavanda entró como un torbellino de alegría y sonrisas en mi vida el día que empecé el colegio. Mi padre me había preparado para aquel decisivo momento con un beso en la mejilla; un gesto tan extraño y poco común que hizo que mi corazón se acelerara y mis piernas temblaran, colocándome cerca del suelo por un instante, pero nunca sobresaltando a un hombre que culpaba a su hija de la muerte de aquello que más había querido.
El colegio no quedaba demasiado lejos de nuestra casa, cinco minutos a paso ligero, aunque a mí siempre me gustó tomarme mis diez minutos largos. De aquel primer día tengo recuerdos borrosos de madres agitando sus manos y escondiendo lágrimas impertinentes, niños con mochilas coloridas y un hombre de mirada amable. Entre esas imágenes incongruentes, nunca se me olvidará la sonrisa de un rostro de tez clara, ojos verdes y pelo castaño.
Lavanda fue la única persona que se atrevió a acercarse a mí aquel primer día de clase. Los demás niños habían sido prevenidos contra mi persona, por venir de una casa de locos de la que nadie quería saber nada. Para no faltar a la verdad, creo que también es necesario añadir que Lavanda se crió en soledad, con la única compañía de una tía abuela que de tantas cataratas no veía nada y un gato atigrado que pasaba las horas muertas al sol. Nos unió nuestro amor por Silencio.
Lavanda y yo crecimos de la mano. Jugamos en mi habitación, cuya pintura blanca se iba desconchando con los años. Merendábamos bocadillos de pan blanco con un vaso de zumo, si la ocasión era especial lo cambiábamos por horchata. Caminamos a la playa todos los días, sin excepción, y cuando llegábamos, nos quitábamos nuestros zapatos y dejábamos que el agua mojara los dedos de nuestros pies.
Aprendimos a leer con cuentos de Enid Blyton que llenaron nuestras tardes de aventuras y sonrisas. Poco a poco fuimos cambiando nuestras lecturas, y así estudiamos en Hogwarts durante siete años, vivimos en Idhún bajo la luz de tres soles y tres lunas, atravesamos la Tierra Media acompañadas de un hobbit y conocimos Macondo y a los Buendía en sus cien años de soledad. Leíamos juntas, al mismo ritmo, con la compenetración digna de los mejores bailarines que nos acompañó desde el primer momento, pasando las hojas de nuestros libros sin necesidad de preguntar en ningún momento. Amábamos la compañía de Silencio.
Nosotras no peinamos muñecas, ni hablamos nunca demasiado. Sobraban las palabras cuando estábamos juntas, aunque nunca faltaron. Fue Lavanda la persona que se atrevió a robarme a Silencio, y también la que me robó mi primer beso. Fue ella quien ocupó mi mente en cada segundo de mi vida, la que llenó nuestra casa vacía con sonrisas, la que me llamaba con un silbido desde la calle, silbido que se colaba por mi ventana y me despertaba para que bajara a la playa con ella en medio de la noche, y así las dos nos bañáramos con la luz de la Luna blanca.
Lavanda fue todo, y hoy Lavanda es nada.
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m.
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