"Mierda."
Abre el grifo con brusquedad y deja que el agua corra sobre su yema sangrante. Rápidamente, colocando un paño alrededor del dedo para detener la hemorragia, lava el cuchillo y tira los trozos de cebolla teñidos de rosa a la basura.
Su mirada se queda fija sobre la encimera y, rabiosas, lágrimas empiezan a caer al suelo.
Y llora durante horas. Llora por el dedo cortado, y por él, por estar en su cabeza y distraerla incluso haciendo lo que siempre había sido tranquilo y relajado. Llora por el amor perdido, por los sueños robados, por su corazón destrozado, por los besos acabados. Llora.
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