18.12.11

Forever and beyond.

Ya está. ¿Tengo que seguir fingiendo? ¿Seguir fingiendo que soy feliz? ¿Que tengo motivos para sonreír? No. Llega el momento en el que cansas. Además, tal vez si tú estuvieses aquí, le darías algo de color a mi vida. Pero nada, es todo gris. Todo negro. Oscuro, como un mar de tinieblas. Y las pocas velas que me quedan, se están consumiendo.


Pero tú... Tú eras mi mejor amiga. Mi mayor confidente. Había veces que eras como una hermana pequeña, otras como una hermana mayor. Eras jodidamente perfecta. Pero éramos pequeñas, jóvenes, y más hermosas, cada una a su manera. Luego crecimos. Pensamos que íbamos a seguir igual, que seguiría nuestra amistad. Pero no fue así. Maduramos, las dos. Y llegaron los gritos, las peleas y las lágrimas. Tardes tiradas en mi habitación, completamente sola, las cuales en el fondo siempre esperaba que aparecieses en la puerta dispuesta a darme un abrazo, o sólo una sonrisa. Una maldita sonrisa. ¿Tampoco pedía tanto, no?


Pero esa sonrisa nunca llegó. Y yo empecé a tener problemas. De esos que aparecen, y pueden quedarse 6 años o toda tu puta vida a tu lado. Problemas que te joden la vida. Al principio no te lo conté, ¿cómo iba a hacerlo? Ni yo era consciente de lo que me pasaba realmente. Luego vinieron los largos silencios, las caras tristes, las miradas vacías. Yo no tenía ganas de nada, y empezaste a preguntarme qué me pasaba. Y yo comencé a ponerme nerviosa evitando tus preguntas. Siempre evitando. A todo el mundo. Evitaba a mis amigos, a la familia, y sobretodo a ti, a esa persona que me había ayudado tanto de pequeña, que había sido mi mejor amiga desde que tenía uso de razón. Me dolía mucho, pero lo último que se me pasaba por la cabeza era contártelo. Y desde que decidí eso, nuestra amistad no volvió a ser la misma. Acabaste averigüando lo que me pasaba, me conocías demasiado bien. Estuviste dos días llorando. Yo lloraba para mi misma, y no he parado desde entonces. No hacía nada. Y cuando empezaron a calmarse las cosas, y volvimos a hablar, nos dimos cuenta de que ya no había nada. Éramos extrañas. No volvimos a hablarnos como antes nunca. Nos olvidamos de nuestros mejores momentos, y desde ese, te distanciaste de mi para siempre.


Ahora, después de casi un año, te sigo echando de menos, mamá. Sigo echando de menos a la madre que siempre había estado ahí. Sigo llorando por ello. No estoy segura de haberte perdido para siempre, y espero que no. Lo que sé, es que te echo de menos. Mucho de menos.
Quiero refugiarme en tus brazos cuando todo vaya mal, y que me digas que se arreglará. Quiero que hagamos cosas juntas. Quiero que me conozcas. Y que me ayudes. Porque el problema que nos separó, mi problema, sigue aquí conmigo. Tal vez no tan fuerte como antes. Pero aún está. Y yo te necesito.




















 Y te sigo queriendo mucho, mamá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario