Entra por la puerta. No entiende por qué tiembla. Y entra, y ya ha entrado, y se sienta: cabizbaja, espalda recta, manos estáticas sobre las piernas.
Un mechón de pelo resbala de su oreja y cae sobre su rostro. Mano izquierda, lo coloca de nuevo. Mirada baja otra vez.
El silencio no es tenso, ni incómodo, simplemente... es silencioso. Le ha parecido ver a otra persona en la sala, pero no podría jurarlo. Como todo el mundo en Casos Desesperados, no presta atención a lo que no tiene que ver con lo suyo.
Se abre una nueva puerta, diferente de la que ha usado para entrar, no la había visto. Alguien clava sus ojos sobre ella. Mantiene, serena, la mirada descarada.
Otra vez, no se atreve a hablar.

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