Aquella mujer era inquieta. Sí, sin duda lo era. Realmente inquieta. Sus manos no permanecían quietas ni un segundo. Ni medio. Refregaba sus dedos, probablemente sudorosos, mientras miraba a los lados. Asentía sin ninguna explicación. Levantaba sus cejas; movía sus piernas. Era como si todos aquellos movimientos se tratasen de un tic. Su pelo era rizado y corto. Las canas que cubrían su cabello evidenciaban su avanzada edad, para mí desconocida. Sin embargo su voz no sonaba inquieta. Tampoco tenía pinta de poder elevar mucho su tono normal, a pesar de que era su voz bastante gruñona. Sí, la observé durante un buen rato. A menudo se quitaba las gafas y se las volvía a poner. En uno de esos millones de instantes, la miré. La observé detenidamente.
A pesar de que trataba de ocultarlo, me di cuenta de que tenía una mirada triste. Desolada.
No intenté acaparar su atención en ningún momento; en nada me beneficiaba que se fijase en mí, aquello dificultaría que siguiese con mi detenida observación.
Debía tener una hermosa sonrisa, a pesar de que llegué a la conclusión de que seguramente pocos habrían tenido el place de haberla visto. Titubeaba palabras inentendibles. No era agradable cómo la gente se reía descaradamente de aquella mujer. Era evidente que no controlaban sus palabras, que salían desmesuradas de aquellas bocas. No era difícil observar que ella se daba cuenta. Se la veía, en la profundidad de su mirada, afectada.
Una vez logré ver su sonrisa. Era amable, aunque se notaba la dificultad que tenía para mostrar sus sentimientos. A pesar de aquel fugaz instante, su triste mirada no desaparecía.
Ni aquella mirada, ni la preocupación que permanecía en su cara.
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