Sus manos están cubiertas de pintura, que, como una segunda piel, se va secando poco a poco. Vuelve a meterlas en el bote, intentando evitar el momento en el que su juego se acabe, y regresa a la carga. Al fondo de la sala otra sonrisa brilla, la cara repleta de pecas azules, los labios completamente manchados tras el anterior ataque. Se pasa el brazo por el rostro, a falta de algo mejor con lo que limpiarse y, entre carcajadas, batallan de nuevo. Amigas. Hermanas.
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