
14.12.10
Despedidas.
Odio las despedidas. Las odio con toda mi alma. Odio las que van a convertirse en regresos con 10 meses de diferencia o las indefinidas. Las de familiares, amigos y amores. Odio todas las clases de despedidas. Ya me cuesta colgar por teléfono, como para despedirme. Odio ver a la gente cruzar la aduana de un aeropuerto mientras millones de lágrimas caen por mi cara. Y no paro de vivirlas. Las llevo viviendo desde que tengo memoria. Todo por tener familia extranjera. Y aún odio más saber que me voy a tener que despedir. Que no voy a ver a alguien en mucho tiempo. O a lo mejor no son más que cinco días. Pero siempre las odio. Odio ver a mis seres queridos desaparecer entre la multitud de un aeropuerto, o, por el contrario, ser yo la que desaparece entre la multitud. Pero siempre, siempre, las odio.

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