
29.9.10
Raining.
La lluvia caía sobre ella. Aquella lluvia inquietante y,desgraciadamente, despampanante. La lluvia caía sobre ella mientas sus delicados lacrimógenos iban inundándose. Poco a poco, la inundación pasó a ser un río. Un río tan denso como un grifo sin fin. El caso era que, procediera de donde procediese, el suelo siempre quedaba inevitablemente mojado. Deseaba profundamente que escampara, que aquella marabunta de agua se extinguiera, hasta que no fuese más que un recuerdo remoto de un día desastroso. Pero no fue aquello lo que pasó. Sinceramente, ni se aproximaba a la realidad. La lluvia simplemente caía sobre ella.

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c.
26.9.10
Tú.
A veces me paro a pensarlo. ¿Cómo sería estar juntos? Sentirte a mi lado, probar tus besos, regalarte los míos. Correr de la mano, enfrentarnos a los problemas, jugar a soñar y cumplir nuestros sueños. Creer en ti, confiar y escaparme contigo. Atreverme a intentar, y disfrutar mientras dure sin pensar en que luego puedo pasarlo mal, pero que merecerá la pena. Pero me da miedo. Me da miedo ser feliz. Me da miedo hacerte infeliz. No quererte lo suficiente. No merecerte como te mereces. Me da miedo arriesgar y luego fracasar, y sufrir al hacerlo. Me da miedo lo que piensen de mí. Me da miedo que piensen en mí. Mi vida está infectada.
No me gustaría contagiarte.

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m.
Music.
Déjate llevar. Siente como te llena, como te da fuerzas, como reactiva los latidos de tu corazón. Deja que tu cuerpo se mueva, con ligereza, sin forzarlo, sin exagerar. Solo lo que te pida. Sonríe, disfruta, siéntete viva. Deja que los acordes retumben en tu cabeza y cierra los ojos para sentirlos más profundamente. No permitas que la vergüenza estropee este momento. Si es lo que necesitas, hazlo. Ríete sin motivo alguno, salta descontrolada. Canta a voz en grito, y déjate la garganta. O abrázate a algo y muévete delicadamente en la tranquilidad de tu habitación. Salta. Grita. Llora. Ríe. Siente. Sueña.
Vive la música.

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m.
25.9.10
Un año más.
Sopla las velas. Hoy puedes contar un año más de tu vida. O quizá sea un año menos. Míralo como quieras. Celébralo o entristécete. Es una anécdota más que contar, algo más por lo que brindar. Pero ten algo en cuenta. Lo mires por donde lo mires... las agujas del reloj no paran de correr en tu contra.

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m.
24.9.10
No puedo.
Es esa sensación. El no saber qué me pasa, pero verlo todo negro. El no ser capaz de descubrir el punto de luz al final del camino. El no sentir que las cosas pueden girar e ir bien esta vez. ¿Y si no lo hacen? Entonces, todo lo que me quedará será nada.
No lo entiendo. Quiero llorar y no puedo. Quiero ver las cosas bien y no sé cómo hacerlo. Quiero ser feliz y no puedo.
No puedo.

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m.
22.9.10
Vista ampliada
Me encantaría verlo todo amplio. No ceñirme a problemas ridículos que soy incapaz de resolver, quizás por inutilidad, quizás por tonta. Quiero verlo todo diferente. No pensar constantemente en tontunas. Quiero agrandar mi mente, poder ir más allá. No quiero que me aparezcan ahora problemas complicadísimos de la vida para los que no estoy preparada para nada. Simplemente quiero poder tener algo menos estúpido. Quizás soy demasiado inmadura. Quizás no estoy preparada para nada. Quizás...

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c.
21.9.10
Over.
Ya no siento mil mariposas en la tripa al mirarte. Mi corazón ya no se altera cuando me sonríes. Mis ojos han dejado de buscar los tuyos a cada paso que dan. Mi cuerpo ya no se gira inconscientemente en tu dirección cuando sabe que estás ahí. He dejado de reírme de cada tontería que dices. He roto con mi pasado, y también contigo al romper con él.
Ya no siento esas cosas, y no creo que vuelva a hacerlo.
Y no sé si eso es bueno, porque he aprendido a olvidarte, o malo por todo lo que no podré recordarte.

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m.
20.9.10
Stop.
Apoyó el cuchillo sobre la blanca y suave piel de su cuello. Una piel que había sido acariciada por él tantas veces que no era capaz de contarlas. No resteñó la lágrima que cayó por su rostro al recordarle. Ya nada tenía sentido, ya nada valía la pena si no le tenía a su lado, si sabía que no iba a volver jamás. Comenzó a apretar la cortante hoja contra su carne. Sabía que su muerte sería rápida, apenas unos instantes hasta morir desangrada. Se había informado a conciencia, la yugular era la arteria con mayor riego sanguíneo. No quería que doliera, aunque estaba convencida de que lo haría. Al menos, sería una muerte breve.
Un fino hilo de sangre resbaló por su cuello, manchando su camisa. Sofocando sus lágrimas, observó por la ventana el vaivén de las olas en la orilla. Cuantas veces había estado abrazada a él, observando ese mismo paisaje...
Tomó aire, dispuesta a acabar con su sufrimiento de una vez por todas. Empuñó el arma con fuerza y presionó más.
Una voz detuvo sus movimientos.

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m.
17.9.10
Vosotras.
Vosotras. Solo vosotras.
Vosotras sois las que conseguís sacarme una sonrisa en los peores momentos. Las que me acompañan a donde sea, cueste lo que cueste, porque siempre va a merecer la pena. Las que están ahí ante todo y ante todos, siempre. Las que aguantáis mis paranoias, las que os reís de mis paridas. Las que necesito en mis peores momentos y no dudáis en acompañarme. Sois mi vida. Mi amanecer. Mi todo. Os quiero.

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m.
Feliz.
Feliz. Soy feliz. F-E-L-I-Z. Y me da igual lo digáis. No me va a molestar. Soy feliz y punto. Y me encanta sentirme así. Es una sensación maravillosa. Me encantaría ir repartiendo felicidad por el mundo, ya que por aquí me sobra un poquito. Mi felicidad huele a hierba, a fresas, a piña y a melocotón. Huele a risa de niños pequeños. A madera recién cortada. A mis amigas, a sus tonterías. Huele a un campo repleto de flores. Y a goma de borrar recién estrenada. A amanecer y atardecer. Huele a mar, y a moras. Y a canela. También huele a chicle de sandía...
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c#
14.9.10
Cambios
Nunca fui de esas niñas pequeñas a las que sus madres no paraban de decirle que estaban gordas. Tampoco me importaba si lo estaba o no. Yo era (y creo que sigo siendo) de esas chicas a las que les importa un millón de veces más la belleza interior y esas mierdas.Jamás me importó si pesaba 30 kg, como si pesaba 89.
Y aquí estoy ahora, siendo mucho más superficial en ese aspecto. Criticando más por el físico que por otra cosa. Preocupándome por lo que dice la estúpida báscula. Preocupada por que peso más que los demás, porque tengo estrías y porque creo que no le voy a gustar a nadie jamás.
No estoy diciendo que me vaya a poner a hacer dieta ni cosas más drásticas. Simplemente digo que hay cambios que me encantaría que nunca hubiesen ocurrido.
Nunca fui de esas niñas a las que le importaba si estaban gordas o no. ¿Por qué tengo que serlo ahora?
Y aquí estoy ahora, siendo mucho más superficial en ese aspecto. Criticando más por el físico que por otra cosa. Preocupándome por lo que dice la estúpida báscula. Preocupada por que peso más que los demás, porque tengo estrías y porque creo que no le voy a gustar a nadie jamás.
No estoy diciendo que me vaya a poner a hacer dieta ni cosas más drásticas. Simplemente digo que hay cambios que me encantaría que nunca hubiesen ocurrido.
Nunca fui de esas niñas a las que le importaba si estaban gordas o no. ¿Por qué tengo que serlo ahora?

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c.
Vodka.
Me duele pensarte. No sé si debería, pero lo hace.
Me duele pensar en tu imagen, en tu recuerdo, en la pequeña urna que contenía lo que quedaba de tu cuerpo. Me duele que me duela, y me duele que le duela a los demás.
Y pensar que quizá una botella de Vodka lo arreglaría todo, y no atreverme a probarlo, hace que todo resulte aún más doloroso.

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m.
8.9.10
Ser.
Ser o no ser. Shakespeare lo dijo, esa es la cuestión.
Cada persona lo ve de una manera diferente. Hay quien siente que para ser, tiene que pertenecer por entero a la vida de alguien. Sentirse parte de una unidad, propia y personal, que nadie tiene derecho a quitar. Otro piensan que deben pertenecer a algo. Un plan, un proyecto, un trabajo. Incluso está el que considera que debe conservarse en la memoria de todos los vivos. Que su muerte se lleve su cuerpo, pero no su esencia.
Ser o no ser... Es la filosofía de nuestra vida.
Existir, ser, vivir.

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m.
6.9.10
Nosotros.
Y pensar que cada segundo a tu lado pudo ser el último y no lo fue. Porque me quisiste, porque apostaste y ganaste, porque yo gané también. Porque nos atrevimos a soñar y a hacer realidad nuestros sueños. Porque me enseñaste a crecer, a pensar, a sentir de verdad dejando de lado las banalidades. Fuiste tú, y fui yo, y los dos fuimos uno solo. Y lo seguiremos siendo.
Nos quiero.

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m.
2.9.10
Ella.
Se levanta una mañana más, esperando quizá que el día vuelva a tener luz, que una sonrisa pueda volver adornar su rostro, que él la acompañe como hacía o que el dolor sea algo menor.
Se dirige a su armario. Lo abre y observa el fondo. Hace tiempo que perdió los colores vivos. Se viste como siempre, en tonos grises y negros. No está de luto, pues no siente que haya un luto que guardar. Simplemente, es incapaz de utilizar otra ropa. Se peina con un elegante moño, recogiendo los mechones sueltos con horquillas, sin darse cuenta de que deja uno caer sobre su cara. Desayuna un café amargo y sale, metódica, rutinaria.
Para un taxi con la mano y entra, dando la dirección al conductor. Se acomoda en el asiento trasero y pasa las manos por su sobria falda, eliminando cualquier posible arruga. Ya no recuerda sus faldas plisadas y llamativas, que tanto le gustaban, sobre todo porque le gustaban a él. Ya no recuerda nada de aquel tiempo, nada salvo su sonrisa.
Paga al taxista con el mismo billete de todos los días y guarda el cambio en su cartera, dejando la misma propina. No cambia un ápice sus costumbres, porque ya no merece la pena que sean cambiadas.
Entra con parsimonia en la redacción y saluda educadamente a todo aquel con el que se encuentra. Sus compañeros responden con la misma educación, y la miran de reojo cuando la ven marchar. Unos lo hacen con tristeza, conocen su historia y la lamentan. Otros, con hastío, cansados de que, por mucho tiempo que pase, ella sea incapaz de olvidar y volver a empezar.
Se sienta tras su mesa, para nada similar a las de alrededor, donde las fotografías y los colores repartidos ilógicamente no permiten cabida al orden. En la suya hay una única imagen, enmarcada por una madera sencilla y elegante, que le recuerda lo que más ha querido y más querrá en su vida. Suspira y recoge rápidamente la lágrima silenciosa que resbala por su mejilla, dejando un reguero de sentimientos a la luz por un instante. Sentimientos que aquella dura enfermedad dejaron tras cobrarse su vida. Levanta la cabeza, retando a cualquiera que se atreva a dirigirle la palabra, y coloca el mechón de pelo suelto tras su oreja, en un gesto sutil y elegante, mientas espera a que su ordenador arranque. Varios hombres que trabajan en el periódico siguen sus movimientos al detalle, aunque disimuladamente, esperando que flaquee para aprovechar y tratar de introducirse en su corazón.
No comprenden que solo uno de ellos ha logrado entrar, y que nunca más permitirá que alguien se le acerque.
Observa, mientras escribe, el día a día que lleva él. Se mueve con agilidad, de una mesa a otra, sin despacho fijo, pues no lo necesita. Pregunta a los diferentes redactores por nuevos trabajos y sale por la puerta, con su cámara colgando del hombro, dispuesto a capturar las imágenes necesarias y volver en busca de nuevos encargos. Hace mucho tiempo que no habla con ella, a pesar de todo lo vivido. Desde aquel fatídico día ninguno de los dos ha vuelto a ser el mismo. La
diferencia es que él ha salido adelante y ella no.
Aún la quiere, y la echa de menos, pero sabe que, aunque de aquello no hubo culpables, ella le acusa y le acusará siempre de lo sucedido. Puede que lo haga con razón o puede que no, pero eso no cambia las circunstancias.
A pesar de que cuida de él desde lejos, procura no cruzarse con su mirada, mucho menos dirigirle la palabra. Por mucho que le pese, nunca podrá dejar de quererle, pero no puede mirarle sin acordarse de él. Se parecían tanto… Culparle es la manera más sencilla para todos de permanecer alejados.
Pulsa con suavidad el punto en el teclado y finaliza así otro artículo deprimente. Es consciente de que ya no sabe escribir. Sin embargo, de todo lo que perdió, no es lo que más le duele. No es capaz de comprender cómo sigue manteniendo su puesto de trabajo. Supone que su buena relación con el jefe es lo que lo hace posible, pero tampoco le importa. Saca un pequeño espejo de su bolso y observa con detenimiento su maquillaje, corrigiendo ligeramente aquellos fallos que el paso de las horas provoca. Acaricia las arrugas que comienzan a marcar su frente, tal y como él hacía con su pequeña manita. No puede evitar sonreír tiernamente, como si aún lo hiciera, como si siguiera con ella.
Él reproduce las imágenes guardadas en su cámara, eliminando aquellas que no le agradan, mientras camina por los pasillos del edificio. Tiene la costumbre de guardar todas las fotografías en un pen-drive del que no se separa, y dejar la tarjeta de memoria limpia. Aunque hay una imagen que nunca borra. Se trata, sin duda, de su favorita. La hizo años atrás, en una época mucho más feliz. Sale ella abrazando a un niño sonriente en una playa preciosa. El pequeño es idéntico a su padre, autor indiscutible de la imagen, aunque todos reconocen que tiene el carácter y la fortaleza de su madre. En esa fotografía aún se le ve radiante y lleno de vitalidad. Es de las últimas que le hicieron sano.
Sube al ascensor y pulsa el botón que le lleva al noveno. Tiene que imprimir varias fotografías y entregarlas.
Ella se levanta, cogiendo su paquete de tabaco. Todos saben que ese es el único momento del día en el que permite derrumbarse por completo. Camina apresurada, víctima del sufrimiento, hacia el ascensor.
La puerta se abre y los dos se encuentran.
Sus miradas se cruzan, sorprendidas, asustadas. No saben cuánto tiempo hace de la última vez que hablaron, pero tampoco lo hacen ahora. Las palabras sobran, ya no hay nada que decirse.
Ella se aparta hacia un lado, dando a entender que salga, pero él agarra su brazo, negando con la cabeza, interrogando con la mirada.
El tiempo se para por un instante. Eleva la mano, pretendiendo acariciar el rostro de ella, sentir su calor, su tacto suave, mientras esboza el principio de una sonrisa. Ella se queda quieta, sin reaccionar, acogiendo la caricia como si se tratara de la primera. Y justo cuando su piel siente el contacto, aparta el rostro, desviando la mirada, haciendo que el tiempo vuelva a correr.
Él se separa, apenado, y ella levanta la vista de nuevo, disculpándose silenciosamente. Asiente, comprende lo que dice.
Le quiere. Siempre lo hará. Pero no lo suficiente. No lo suficiente como para llenar el hueco que dejó él.
El amor de una madre es mucho más grande que el que le pueda dar a él jamás.

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