2.9.10

Ella.

Se levanta una mañana más, esperando quizá que el día vuelva a tener luz, que una sonrisa pueda volver adornar su rostro, que él la acompañe como hacía o que el dolor sea algo menor.
Se dirige a su armario. Lo abre y observa el fondo. Hace tiempo que perdió los colores vivos. Se viste como siempre, en tonos grises y negros. No está de luto, pues no siente que haya un luto que guardar. Simplemente, es incapaz de utilizar otra ropa. Se peina con un elegante moño, recogiendo los mechones sueltos con horquillas, sin darse cuenta de que deja uno caer sobre su cara. Desayuna un café amargo y sale, metódica, rutinaria.
Para un taxi con la mano y entra, dando la dirección al conductor. Se acomoda en el asiento trasero y pasa las manos por su sobria falda, eliminando cualquier posible arruga. Ya no recuerda sus faldas plisadas y llamativas, que tanto le gustaban, sobre todo porque le gustaban a él. Ya no recuerda nada de aquel tiempo, nada salvo su sonrisa.
Paga al taxista con el mismo billete de todos los días y guarda el cambio en su cartera, dejando la misma propina. No cambia un ápice sus costumbres, porque ya no merece la pena que sean cambiadas.
Entra con parsimonia en la redacción y saluda educadamente a todo aquel con el que se encuentra. Sus compañeros responden con la misma educación, y la miran de reojo cuando la ven marchar. Unos lo hacen con tristeza, conocen su historia y la lamentan. Otros, con hastío, cansados de que, por mucho tiempo que pase, ella sea incapaz de olvidar y volver a empezar.
Se sienta tras su mesa, para nada similar a las de alrededor, donde las fotografías y los colores repartidos ilógicamente no permiten cabida al orden. En la suya hay una única imagen, enmarcada por una madera sencilla y elegante, que le recuerda lo que más ha querido y más querrá en su vida. Suspira y recoge rápidamente la lágrima silenciosa que resbala por su mejilla, dejando un reguero de sentimientos a la luz por un instante. Sentimientos que aquella dura enfermedad dejaron tras cobrarse su vida. Levanta la cabeza, retando a cualquiera que se atreva a dirigirle la palabra, y coloca el mechón de pelo suelto tras su oreja, en un gesto sutil y elegante, mientas espera a que su ordenador arranque. Varios hombres que trabajan en el periódico siguen sus movimientos al detalle, aunque disimuladamente, esperando que flaquee para aprovechar y tratar de introducirse en su corazón.
No comprenden que solo uno de ellos ha logrado entrar, y que nunca más permitirá que alguien se le acerque.
Observa, mientras escribe, el día a día que lleva él. Se mueve con agilidad, de una mesa a otra, sin despacho fijo, pues no lo necesita. Pregunta a los diferentes redactores por nuevos trabajos y sale por la puerta, con su cámara colgando del hombro, dispuesto a capturar las imágenes necesarias y volver en busca de nuevos encargos. Hace mucho tiempo que no habla con ella, a pesar de todo lo vivido. Desde aquel fatídico día ninguno de los dos ha vuelto a ser el mismo. La
diferencia es que él ha salido adelante y ella no.
Aún la quiere, y la echa de menos, pero sabe que, aunque de aquello no hubo culpables, ella le acusa y le acusará siempre de lo sucedido. Puede que lo haga con razón o puede que no, pero eso no cambia las circunstancias.
A pesar de que cuida de él desde lejos, procura no cruzarse con su mirada, mucho menos dirigirle la palabra. Por mucho que le pese, nunca podrá dejar de quererle, pero no puede mirarle sin acordarse de él. Se parecían tanto… Culparle es la manera más sencilla para todos de permanecer alejados.
Pulsa con suavidad el punto en el teclado y finaliza así otro artículo deprimente. Es consciente de que ya no sabe escribir. Sin embargo, de todo lo que perdió, no es lo que más le duele. No es capaz de comprender cómo sigue manteniendo su puesto de trabajo. Supone que su buena relación con el jefe es lo que lo hace posible, pero tampoco le importa. Saca un pequeño espejo de su bolso y observa con detenimiento su maquillaje, corrigiendo ligeramente aquellos fallos que el paso de las horas provoca. Acaricia las arrugas que comienzan a marcar su frente, tal y como él hacía con su pequeña manita. No puede evitar sonreír tiernamente, como si aún lo hiciera, como si siguiera con ella.
Él reproduce las imágenes guardadas en su cámara, eliminando aquellas que no le agradan, mientras camina por los pasillos del edificio. Tiene la costumbre de guardar todas las fotografías en un pen-drive del que no se separa, y dejar la tarjeta de memoria limpia. Aunque hay una imagen que nunca borra. Se trata, sin duda, de su favorita. La hizo años atrás, en una época mucho más feliz. Sale ella abrazando a un niño sonriente en una playa preciosa. El pequeño es idéntico a su padre, autor indiscutible de la imagen, aunque todos reconocen que tiene el carácter y la fortaleza de su madre. En esa fotografía aún se le ve radiante y lleno de vitalidad. Es de las últimas que le hicieron sano.
Sube al ascensor y pulsa el botón que le lleva al noveno. Tiene que imprimir varias fotografías y entregarlas.
Ella se levanta, cogiendo su paquete de tabaco. Todos saben que ese es el único momento del día en el que permite derrumbarse por completo. Camina apresurada, víctima del sufrimiento, hacia el ascensor.
La puerta se abre y los dos se encuentran.
Sus miradas se cruzan, sorprendidas, asustadas. No saben cuánto tiempo hace de la última vez que hablaron, pero tampoco lo hacen ahora. Las palabras sobran, ya no hay nada que decirse.
Ella se aparta hacia un lado, dando a entender que salga, pero él agarra su brazo, negando con la cabeza, interrogando con la mirada.
El tiempo se para por un instante. Eleva la mano, pretendiendo acariciar el rostro de ella, sentir su calor, su tacto suave, mientras esboza el principio de una sonrisa. Ella se queda quieta, sin reaccionar, acogiendo la caricia como si se tratara de la primera. Y justo cuando su piel siente el contacto, aparta el rostro, desviando la mirada, haciendo que el tiempo vuelva a correr.
Él se separa, apenado, y ella levanta la vista de nuevo, disculpándose silenciosamente. Asiente, comprende lo que dice.
Le quiere. Siempre lo hará. Pero no lo suficiente. No lo suficiente como para llenar el hueco que dejó él.

El amor de una madre es mucho más grande que el que le pueda dar a él jamás.

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