Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón davorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.
Su mente se inundó de imágenes a la par que sus ojos leían ansiosamente las palabras que alguna pluma magistral, cuyo dueño no desconocía, había ordenado con exquisito gusto.
La mujer corría, tan rápido como le permitían sus zapatos nuevos, a lo largo de todo el vagón de tren. Sorteaba con dificultad a viajeros y maletas que ocupaban sus asientos en los incómodos bancos de tercera clase. El pasillo era estrecho, y a su paso dejaba numerosos gritos y protestas. El comportamiento que estaba teniendo no era, en absoluto, el propio de una dama de su categoría, pero tenía un propósito y pretendía cumplirlo.
El lector, ensimismado, escuchó un ruido y levantó la cabeza sobresaltado. A través del ventanal observó cómo un jardinero disparaba nuevamente su tijera para recortar un arbusto. Expiró relajado y, recostándose de nuevo, continuó con su lectura.
Llegó al final del vagón y abrió la puerta que comunicaba con el siguiente. Cruzó de una zancada grande el espacio que separaba ambas puertas y volvió a echar a correr. Esta vez fue más fácil, pues era el coche de primera clase, donde numerosas puertas a los lados abrigaban el pasillo y ocultaban los compartimentos. No había ni un alma por el corredos de madera, pero tampoco le dio importancia. Al fin llegó a su destino. Tiró del picaporte con fuerza, abrió el mirador y se asomó todo lo que pudo.
Él la vio aparecer por la ventana final del tren, cuyo motor comenzaba a ponerse en movimiento. Observó por última vez su cabello castaño, su rostro ovalado, sus labios perfilados, su nariz recta. Y sus ojos. Esos ojos que enamoraban a cualquiera, color miel con el borde de la pupila verde, enmarcados por unas pestañas largas, rizadas y negras. Se quedó quieto, observándola mientras sentía la mirada de ella clavada en la suya y dejando que, poco a poco, su figura se fuera haviendo más pequeña hasta perderse por completo en el horizonte. Se quitó el sombrero, despidiéndose así definitivamente y dio media vuelta...
La tierna mano de una niña despertó al lector de su ensoñación. No le había oído entrar, pero le perdonó que interrumpiera su lectura. Sonrió con cariño y levantó a la pequeña, colocándola cuidadosamente en su regazo. Pasó sus dedos entre los elaborados tirabuzones que lucía y la miró a los ojos, unos ojos impresionntes color miel con el borde de la pupila verde, exactamente iguales a los de su difunta madre, que brillaron al hablar.
-La cena está lista, papá.
El lector asintió y, volviendo a colocar a su hija en el suelo, cerró el libro, dejando que los dedos de su mano izquierda acariciaran el terciopelo verde, con la añoranza de quien ha perdido algo que no se puede recuperar.