La rutina ha llenado su vida.
Está sentada en el balcón. Las vistas son las mismas que cuando compraron la casa. El vaivén de las olas se repite exactamente igual que entonces. El sol, como cada atardecer, deja que sus rayos caigan oblicuos sobre su piel. Observa los tonos naranjas y rojizos del cielo. La línea borrosa del horizonte se desdibuja suavemente, y la cálida temperatura del lugar explica su vestido ligero sin mangas. Su cabello es agitado caprichosamente por la brisa.
No mira a ningún punto fijo. Tampoco piensa en nada concreto. Solamente se deja llevar por el momento. Es algo que ha aprendido con los años, a disfrutar de las pequeñas cosas. Así que disfruta de la rutina, que, como cada tarde, la arrastra hacia su lugar favorito en el mundo. Cierra los ojos y respira profundamente. Detrás suyo, la puerta de cristal se abre. Sonríe ligeramente al sentir una mano apoyada sobre su cuello. Se deja llevar por la leve caricia, como cada tarde. Levanta su rostro y le mira a los ojos.
Él mantiene la mano en contacto con su piel. No se cansa de tocarla, y sabe que nunca lo hará. Se pierde en sus ojos verdes y deja que ella navegue por los suyos castaño oscuro, casi negros. Utiliza su otra mano para colocar un mechón de pelo rebelde detrás de su oreja, y la deja apoyada en su cara, sin perder en ningún momento el contacto visual. Se acerca y deposita un dulce beso en sus labios. Se sienta a su lado y, enlaza su mano con la de ella. Observan así, juntos, el paisaje. Como llevan haciendo todas las tardes desde hace siete años.
Porque los dos adoran la rutina.

No hay comentarios:
Publicar un comentario