Los días pasan, las horas son lentas. El dolor sigue ahí. Te ayudan, te apoyas en tu gente. Pides socorro, porque ya no lo soportas. Sufres, tienes pesadillas. Te despiertas llorando en medio de la noche. Y el frío, el dichoso frío, ese maldito frío que no te abandona y que te atenaza el corazón cada vez que piensas. Pero el tiempo, ese insustituible, imposible de devolver, va cerrando la herida poco a poco. Y un día, duele un poco menos.
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