29.6.10

Carta de despedida.


He estado pensando. Reflexionando en uno de mis abundantes momentos de soledad y tiempo libre. ¿Qué pinto yo aquí? ¿A quién le interesa mi historia? ¿Acaso aporto algo bueno a todo este embrollo? Me he parado durante medio segundo, solo durante medio segundo, y me he dicho: ¿Por qué sigo aguantando? Mi vida apesta y estoy sola. Nadie tiene el menor interés en mí. La única persona a la que le importaba se fue. Me dejó tirada, por lo que deduzco que, en realidad, tanto no le importaba. No tengo familia. Mi amigos han construido sus propias vidas. Todo el mundo ha seguido adelante. Y nadie se ha dado cuenta de que lo han hecho sobre las ruinas de mi desastre personal.

Así que he subido las escaleras lentamente, con la cabeza bien alta. He llegado a mi casa y me he dirigido a la habitación. He abierto el cajón donde él guardaba sus cosas y he sacado la pistola. También he sacado la carga de balas y la he introducido en la recámara, con decisión. He quitado el seguro. He colocado el arma sobre mi sién. La sensación que ha producido el cañón helado sobre mi piel ha resultado espeluznante, pero solo al principio. Después ha sido sencillo. Solamente he sentido miedo durante un momento, el momento en el que me he acordado de su rostro, cuando me he dado cuenta de que no le volveré a ver. De cualquier manera, no le habría vuelto a ver. Mi dedo índice se ha colocado con suavidad sobre el gatillo, como si temiera acabar con la pureza de mi cuerpo. Qué irónico, he pensado, teniendo en cuenta que, en unos segundos, de mí solo quedarían unos restos reventados. He apretado el gatillo. Y sencillamente, he muerto.

Gracias a todos los que habéis hecho este momento realidad.

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