_ Quiero que elijas. Quiero que elijas, y que lo que elijas, lo hagas porque es lo que te va a hacer feliz a ti. Quiero que, de las dos cosas que yo pueda querer, elijas la que tú quieras que yo quiera. Me has entendido? Ahí va la primera... Quiero quedarme dormida. Quiero quedarme dormida y que, cuando me despierte, te hayas ido. Que no existas. Quiero que te lleves todo. Todo lo que pueda recordarme a ti. Quiero que te lleves las fotos, los regalos, las cartas y las poesías. Quiero que te lleves mis recuerdos, y que cargues con ellos hasta el lugar más bonito del mundo, y ahí los quemes, para que alguien pueda coger las cenizas algún día y ser feliz con ellas, porque le recuerden algo, pero que no vuelvan a mí. Y quiero que tú quemes todo lo que te recuerde a mí, para que los dos podamos empezar de cero, sin preocupaciones, sin remordimientos, como si nunca nos hubiéramos conocido. O, en el peor de los casos, como si fuéramos un recuerdo ligero y difuminado, pero feliz. Esa es mi primera opción.
_ ¿Y la segunda?
_ La segunda opción... Quiero quedarme dormida. Quiero quedarme dormida y que me despierten tus labios dándome un beso de buenos días. Quiero que me traigas el desayuno a la cama, y que me cuentes algo divertido. Y que me beses entre el café y las magdalenas. Quiero que nos vistamos el uno al otro y que cojamos nuestros recuerdos. Nuestras fotografías, nuestros regalos, nuestras cartas y poesías. Y quiero hacer copias de seguridad de todos y cada uno de ellos. Quiero que nos vayamos al lugar más bonito del mundo, y los esparzamos, riéndonos bajo la lluvia. Quiero que me prometas que nuestros recuerdos se quedarán allí por siempre jamás. Y quiero que alguien, algún día, se encuentre con uno de nuestros recuerdos, y que, con ese recuerdo, conozca a otra persona, y que ellos juntos creen recuerdos. Y quiero que el ciclo se repita durante toda la eternidad. ¿Qué eliges?
Sonrió.
_ Cierra los ojos... duérmete. Quiero...

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