¿No te ha pasado nunca que te levantas pensando que va a ser el día perfecto? Sientes como una energía recorre tu cuerpo recién despertado, y te alegras de poder vivirlo.
Sin embargo, cuando estás caminando con una sonrisa estúpida hacia el baño, te chocas contra el marco de la puerta. Ese inmenso marco, que te deja el dedo pequeño del pie hecho pedacitos. Y tu día pierde un punto. Luego, al lavarte la cara, consigues que se te meta todo el jabón en los ojos, y te pasas la media hora siguiente aclarándotelos, porque te pican a rabiar. Después, tras probarte diez modelos diferentes, consigues la combinación perfecta de colores, cortes y texturas para la ropa de ese día tan especial. Te pintas con una mano profesional (porque claro, hoy es tu día de suerte) y, de repente, se te cae el café encima, pringándote, de la manera más literal posible, hasta las cejas, por lo que tienes que empezar otra vez a arreglarte. Al salir de casa, te tropiezas, y se te hace una carrera en la media. Después, en clase, descubres que ese problema con el que estuviste dándole vueltas a la cabeza durante la mitad del examen, y que pensabas que te había salido tan bien, está completamente mal. De cero. En el descanso, te dan un balonazo. Cuando vas a comer, te manchas con los macarrones con tomate. Y, por si fuera poco, al salir, está lloviendo, y tu pelo (sí, ese pelo brillante que estuviste moldeando durante más de tres horas la tarde anterior) ahora tiene su mismo aspecto asqueroso de siempre. Tienes el maquillaje descorrido, las medias rotas y la camiseta con un look de lo más innovador. ¿Y era éste tu día de suerte?
Pero luego resulta que, al salir del colegio, con unas pintas que ni Belen Esteban en sus días malos, te está esperando él. Y te mira exactamente igual que cuando estás espléndida, divina: como si fueras lo más bonito del mundo. Y es ahí cuando te das cuenta de que sí.
Ese es tu día de suerte.

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